Conocer el cerebro para aprender a enseñar

April 24, 2019

 

 

En casa, los principales educadores son los padres, tutores, tíos, hermanos mayores, abuelos. Pero luego viene la escuela, y el aula se convierte en un ambiente fundamental. En ese espacio, el vínculo base es el de alumno y docente, y sobre esto, el psiquiatra Lucas Raspall comenta: “Las personas crecemos en las relaciones, y esto en la escuela no es distinto. No hay variable que incida de manera más fuerte sobre el desarrollo de las capacidades cognitivas, emocionales y sociales que el vínculo que el alumno genere con su maestro”.

 

Conocer el cerebro es importante porque si de enseñar se trata, son los mecanismos de la mente los que están más implicados en el proceso. “Por qué es tan importante motivar, cómo funciona la atención, cuáles son los períodos en los que se logra mejor concentración, cuáles son los secretos de la memoria, cómo se encienden las distintas inteligencias, cuándo se enriquece un aprendizaje. Son preguntas que todo educador debe hacerse”, sostiene Raspall.

 

El aula: lugar seguro

El salón de clases es un “centro de desarrollo emocional”, plantea Raspall. Es en ese contexto en el que los niños pueden aprender a reconocer sus propias emociones, y regularlas; donde aprenden la empatía y comienzan a construir vínculos sanos.

“Desde hace décadas sabemos que no hay una inteligencia sola, sino muchas y distintas, y que todas deben ser exploradas y potenciadas. Poner el foco en la inteligencia emocional implica salir de lo implícito para llevarlo a lo explícito, con actividades orientadas a tal fin, que son un engranaje clave para el resto de la vida de los niños”, explica el psiquiatra.

 

Para que todo esto suceda, el aula tiene que ser un lugar seguro, porque entonces el niño se animará a soltarse y expresarse. “Solo así se disipan las emociones negativas, dejando espacio disponible para que las positivas puedan tomar lugar”. Y si todo esto se cumple, habrá otro logro cumplido: el niño podrá alcanzar su máximo potencial.

 

Una de las claves que permitirán que el aula sea un lugar seguro para el niño, está en la conocida Teoría del Apego, de John Bowlby. Con esto, el psicoanalista inglés se refería a la necesidad de aproximación a una persona con la que el vínculo será muy fuerte. Como ya vimos: en casa la figura de apego pueden ser los padres, y en la escuela, el maestro.

 

Entra en juego otra concepción: la “teoría de la mente”, según la cual las personas, desde temprana edad, pueden inferir lo que sucede en la mente del otro, y así conectarse. Es una facultad que se va desarrollando y se enriquece sobre los tres años del niño, paralelo al manejo del lenguaje. Raspall lo describe como “una especie de ‘wi-fi’ puramente emocional que permite vincularnos de manera adecuada con los demás”. Y añade que si “un docente puede estar atento a las necesidades de sus alumnos, podrá ayudarlos a a alcanzar el estado de regulación emocional necesario para prestar atención, escuchar, participar, reflexionar, en definitiva, aprender”.

 

La motivación como misión

Si se logra un entorno seguro, y a la vez se reconoce que hay múltiples tipos de inteligencia y que cada niño es un mundo, entonces ya se está preparado para poder “ajustar los procesos de aprendizaje a cada uno”. Aunque queda un punto más al que estar atentos al educar: la motivación.

 

Desde el cerebro, la motivación se vincula con el sistema de recompensa, donde la dopamina es la neurotransmisora encargada de ajustar la función cognitiva, la motivación y gratificaciones. El centro de recompensa se activa cuando el organismo detecta una carencia fisiológica, y busca “cancelar la necesidad”. Es en esta etapa, previa a saciar la carencia, en la que aparece la motivación. Cuando se trata de una necesidad básica, la motivación aparece por instinto. ¿Pero qué sucede cuando queremos lograr que el alumno se motive con las necesidades vinculadas al saber? Hay que despertar el interés.

 

Raspall recomiendan a los educadores considerar la edad de los alumnos, el contexto, lo que se esté viviendo. Hay que llegar a la historia de los niños para poder “convocar las emociones que movilizan”. “El cerebro es plástico desde el inicio de la vida hasta el último día, fenómeno que habilita la posibilidad de nuevos aprendizajes todo el tiempo. El punto es que para que estos sean significativos, la primera misión del educador debe ser motivar”.

 

 

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